Bogotá D.C.,  agosto de 2009

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Foto María Fernanda Amézquita

Un mundo literario propio
Explorador del abismo
Gonzalo Mallarino es inagotable. Recientemente publicó su novela Santa Rita, un libro que se niega a hacer parte de las corroídas modas literarias. La historia es sobre la candidez de la niñez y la culminación de ella. PH dialogó con él.

Gonzalo Mallarino es un villano que se niega a seguir la corriente porque, tal como lo afirmó un poeta polaco, la corriente arrastra la basura. Quizá por eso es que este transgresor se empecina en hacer lo que le venga en gana. Un día decide que quiere ser un economista y trabajar en una gran empresa y tener choferes y ser respetado por su cargo y ganar millones y gastárselos en trago o en lo que sea, y lo consigue. Entonces ve en la poesía una puerta. Y aunque duda, termina importándole un bledo y entra en ella y crea hermosos versos que más que con rigor son hechos con aire preciosista. Se hace a un nombre de poeta y un buen día decide que eso no es lo que quiere. Ahora serán las novelas. Y escribe una trilogía en las que su gran personaje es la inabarcable Bogotá. Así logra crear un mundo poético en el que la nostalgia y la melancolía llevan al lector a probar las mieles de esta ciudad. Empecinado y comprometido a no caer en la literatura-marketing se resiste de plano a las modas, a las vanguardias que niegan que la esencia del arte siempre ha sido la misma, va en contra de la narrativa que encumbra a los violentos y se dedica a perdurar con su prosa porque no quiere que su arte se desvanezca en el aire o, mejor, en el tiempo.
Así le llega el momento a su más reciente novela Santa Rita (Alfaguara), una historia narrada por un adolescente que cuenta su último año en tierra caliente. Un mundo aventurero que en cierta medida habla sobre la niñez de un país que en algún momento se desvió para convertirse en lo que es hoy. Y entonces se cuenta de manera cándida y procaz cómo un hombre se convirtió en rico de la noche a la mañana de manera ilegal o se aborda un personaje monstruoso viola-niños o se habla de un hombre que se fue a una guerra lejana y nunca más volvió. Pero esto siempre visto a través de la mirada de un pequeño de trece años que recuerda aquel tiempo en el que tenía ocho. En definitiva, Santa Rita es una historia sobre la niñez o, mejor, sobre cómo alguien deja atrás su niñez.
Gonzalo Mallarino tiene una estética narrativa proclive al cambio porque él es un Guasón de las letras, un villano que no se conforma con lo establecido y que se arriesga haciendo equilibrio ante el abismo. Gonzalo es un apasionado y eso ya lo hace un grande. Ahora dejemos que este grande hable.

¿Santa Rita es una visión nostálgica de su niñez?
Detrás de todo debe estar eso. Esa nostalgia, esa melancolía que sentimos por las cosas perdidas irreparablemente, como la niñez. Y la verdad es que esto no tiene nada de novedoso porque este tema se ha abordado tantas veces, y tantas personas han hablado sobre su infancia…

¿Por qué lanzarse a escribir una novela de esas y no buscar algo más vendedor como lo son aquellas historias sobre la violencia actual de los colombianos, la corrupción o el narcotráfico?
Es un desafío. Si ya uno tomó la decisión de no dejarse golpear por el oleaje de las modas y de las ventas y de la mercadotecnia, sino seguir empecinadamente una especie de búsqueda más vocacional, más pura, digamos, tratando de encontrar un instrumento de expresión, un lenguaje suficientemente fuerte para que se agarre de los troncos y de las paredes y no se lo lleve el tiempo, que es lo que pasa con la literatura frágil. Uno sí tiene la pretensión tremenda de durar, de que sea una cosa más perenne. Y eso significa desarrollar un lenguaje cargado de sentido y de significado, como son los clásicos, esto guardando las proporciones.

¿Cómo recrear la niñez de forma que deje de ser el asunto de una biografía personal?

El ejercicio fue muy, muy difícil. En un primer envión, me senté a lo largo de un año y escribí alrededor de 400 páginas. Una especie de texto sicoanalítico, inconsciente. Y salió un mamotreto, el cual a primera vista era una cosa muy rica en materiales narrativos pero estaba muy lejos de una novela, entre otras cosas porque era una cosa muy personal.

¿Y qué tan complejo fue encontrar la voz de ese adolescente llamado Antonio?

Esa primera versión estaba en la voz de un niño de unos siete años y era agotador porque un niño de esta edad no tiene los recursos lingüísticos ni sicológicos, entonces, no matiza. Luego escribí una segunda versión que me tomó casi otro año a través de un narrador de mi edad que recuerda ciertos hechos. Ahí la cosa ganó en fluidez pero perdió toda la candidez del niño. Y la tercera fue la vencida. Esta historia es narrada por un muchacho de catorce años que recuerda lo que pasó hace tres o cuatro, su último año en tierra caliente.
Para empezar no habla de Bogotá y Cali, sino de tierra caliente y tierra fría. Y ahí fue saliendo la novela. Este proceso tomó tres años y fue un poco dar palos de ciego con la ayuda de Carmen, mi mujer, y Pilar Reyes, mi editora. Fue un trabajo bastante largo hasta que dimos con esa voz y después comenzó el dolorosísimo trabajo de quitar y quitar y quitar material, reducir el elenco de los niños a un pequeño grupo que el lector ya pudiera identificar y también reducir los episodios a una serie que se lograran concatenar y entrelazar para ser contados en el trascurso de un año.

¿Cuál fue el gran desafío en esta novela?

Encontrar una voz semi infantil que pudiera narrar y que le permitiera a cada lector hacer contacto con sus recuerdos y su primera infancia.

¿Cómo le llega esa necesidad de narrar la niñez?
Luego de terminar la trilogía de Bogotá, quedé, seguramente, mamado, y entonces intenté infructuosamente con varias historias. Finalmente, mi esposa me aconsejó que escribiera algo sobre la infancia: “de esas que tú le cuentas a los niños”, me dijo. Ahí me puse a pensar en ciertos recuerdos y, como mi madre había muerto hacía poco tiempo de una manera inesperada, esa melancolía me rondaba y esa voz con esos recuerdos me fueron llevando como por una autopista. Así comenzó a salir todo este material.

Usted ha escrito poesía muy bella. ¿Qué tanto de ésta hay en Santa Rita?
La situación es la siguiente. En algún momento del siglo XX la poesía le tendió una mano salvadora a la narrativa. Y si uno se fija en los autores más queridos como Joyce, Faulkner, Proust, Becket, Rulfo, en todos hay una cosa resonante y poética. Yo no estoy hablando de escribir prosas poéticas, me refiero a construir un universo narrativo con los elementos de la poesía, con la forma en que la poesía llega al inconsciente, a los sentidos.
Lo cierto es que, en mi caso, la poesía me ha resuelto los problemas narrativos. Y en Santa Rita ni se diga.

Al leer la novela queda la sensación de que usted busca, a través de la historia de Antonio, contar a Colombia. Hable sobre eso.
La verdad es que en Santa Rita hay una segunda nostalgia tremenda: es que se acaba la infancia, se acaba la tierra caliente y se acaba la candidez de un país que hubiera sido mucho más humano, mucho más justo, antes de que llegara ese veneno horrible de las drogas.

¿Qué pasó con la poesía?
La dejé atrás. Ya nunca más escribiré poesía, nunca más. Sería una falsía, una impostura, sería insincero. Mis poemas se fueron volviendo cada vez más narrativos. Mis últimos poemas se llaman retratos. Son imágenes de personas que van pasando por la calle, nadie en particular, y ya trataron de alargarse y se fueron volviendo narrativos. Poco a poco fueron saliendo del ámbito personal, entre otras cosas porque yo me tenía un gran tedio por mí mismo como ser humano, cosas del psicoanálisis. Yo no quería mi voz para nada porque lo que ahora me parece atractivo es recrear las voces de otras personas. Yo espero entonces seguir teniendo la piel del poeta pero los ojos del novelista.
 


 


 

- Empecinado y comprometido a no caer en la literatura-marketing se resiste de plano a las modas, a las vanguardias que niegan que la esencia del arte siempre ha sido la misma, va en contra de la narrativa que encumbra a los violentos y se dedica a perdurar con su prosa porque no quiere que su arte se desvanezca en el aire o, mejor, en el tiempo.
 
 
“En algún momento del siglo XX la poesía le tendió una mano salvadora a la narrativa. Y si uno se fija en los autores más queridos como son Joyce, Faulkner, Proust, Becket, Rulfo, en todos hay una cosa resonante y poética.”
 
 
-“La verdad es que en Santa Rita hay una segunda nostalgia tremenda: es que se acaba la infancia, se acaba la tierra caliente y se acaba la candidez de un país que hubiera sido mucho más humano, mucho más justo, antes de que llegara ese veneno horrible de las drogas.”
 

 



 

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