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Foto María Fernanda Amézquita |
Un mundo literario propio
Explorador del abismo
Gonzalo Mallarino es inagotable.
Recientemente publicó su novela Santa Rita,
un libro que se niega a hacer parte de las
corroídas modas literarias. La historia es
sobre la candidez de la niñez y la
culminación de ella. PH dialogó con él.
Gonzalo Mallarino es un villano que se niega
a seguir la corriente porque, tal como lo
afirmó un poeta polaco, la corriente
arrastra la basura. Quizá por eso es que
este transgresor se empecina en hacer lo que
le venga en gana. Un día decide que quiere
ser un economista y trabajar en una gran
empresa y tener choferes y ser respetado por
su cargo y ganar millones y gastárselos en
trago o en lo que sea, y lo consigue.
Entonces ve en la poesía una puerta. Y
aunque duda, termina importándole un bledo y
entra en ella y crea hermosos versos que más
que con rigor son hechos con aire
preciosista. Se hace a un nombre de poeta y
un buen día decide que eso no es lo que
quiere. Ahora serán las novelas. Y escribe
una trilogía en las que su gran personaje es
la inabarcable Bogotá. Así logra crear un
mundo poético en el que la nostalgia y la
melancolía llevan al lector a probar las
mieles de esta ciudad. Empecinado y
comprometido a no caer en la
literatura-marketing se resiste de plano a
las modas, a las vanguardias que niegan que
la esencia del arte siempre ha sido la
misma, va en contra de la narrativa que
encumbra a los violentos y se dedica a
perdurar con su prosa porque no quiere que
su arte se desvanezca en el aire o, mejor,
en el tiempo.
Así le llega el momento a su más reciente
novela Santa Rita (Alfaguara), una historia
narrada por un adolescente que cuenta su
último año en tierra caliente. Un mundo
aventurero que en cierta medida habla sobre
la niñez de un país que en algún momento se
desvió para convertirse en lo que es hoy. Y
entonces se cuenta de manera cándida y
procaz cómo un hombre se convirtió en rico
de la noche a la mañana de manera ilegal o
se aborda un personaje monstruoso
viola-niños o se habla de un hombre que se
fue a una guerra lejana y nunca más volvió.
Pero esto siempre visto a través de la
mirada de un pequeño de trece años que
recuerda aquel tiempo en el que tenía ocho.
En definitiva, Santa Rita es una historia
sobre la niñez o, mejor, sobre cómo alguien
deja atrás su niñez.
Gonzalo Mallarino tiene una estética
narrativa proclive al cambio porque él es un
Guasón de las letras, un villano que no se
conforma con lo establecido y que se
arriesga haciendo equilibrio ante el abismo.
Gonzalo es un apasionado y eso ya lo hace un
grande. Ahora dejemos que este grande hable.
¿Santa Rita es una visión nostálgica de
su niñez?
Detrás de todo debe estar eso. Esa
nostalgia, esa melancolía que sentimos por
las cosas perdidas irreparablemente, como la
niñez. Y la verdad es que esto no tiene nada
de novedoso porque este tema se ha abordado
tantas veces, y tantas personas han hablado
sobre su infancia…
¿Por qué lanzarse a escribir una novela
de esas y no buscar algo más vendedor como
lo son aquellas historias sobre la violencia
actual de los colombianos, la corrupción o
el narcotráfico?
Es un desafío. Si ya uno tomó la decisión de
no dejarse golpear por el oleaje de las
modas y de las ventas y de la mercadotecnia,
sino seguir empecinadamente una especie de
búsqueda más vocacional, más pura, digamos,
tratando de encontrar un instrumento de
expresión, un lenguaje suficientemente
fuerte para que se agarre de los troncos y
de las paredes y no se lo lleve el tiempo,
que es lo que pasa con la literatura frágil.
Uno sí tiene la pretensión tremenda de
durar, de que sea una cosa más perenne. Y
eso significa desarrollar un lenguaje
cargado de sentido y de significado, como
son los clásicos, esto guardando las
proporciones.
¿Cómo recrear la niñez de forma que deje de
ser el asunto de una biografía personal?
El ejercicio fue muy, muy difícil. En un
primer envión, me senté a lo largo de un año
y escribí alrededor de 400 páginas. Una
especie de texto sicoanalítico,
inconsciente. Y salió un mamotreto, el cual
a primera vista era una cosa muy rica en
materiales narrativos pero estaba muy lejos
de una novela, entre otras cosas porque era
una cosa muy personal.
¿Y qué tan complejo fue encontrar la voz de
ese adolescente llamado Antonio?
Esa primera versión estaba en la voz de un
niño de unos siete años y era agotador
porque un niño de esta edad no tiene los
recursos lingüísticos ni sicológicos,
entonces, no matiza. Luego escribí una
segunda versión que me tomó casi otro año a
través de un narrador de mi edad que
recuerda ciertos hechos. Ahí la cosa ganó en
fluidez pero perdió toda la candidez del
niño. Y la tercera fue la vencida. Esta
historia es narrada por un muchacho de
catorce años que recuerda lo que pasó hace
tres o cuatro, su último año en tierra
caliente.
Para empezar no habla de Bogotá y Cali, sino
de tierra caliente y tierra fría. Y ahí fue
saliendo la novela. Este proceso tomó tres
años y fue un poco dar palos de ciego con la
ayuda de Carmen, mi mujer, y Pilar Reyes, mi
editora. Fue un trabajo bastante largo hasta
que dimos con esa voz y después comenzó el
dolorosísimo trabajo de quitar y quitar y
quitar material, reducir el elenco de los
niños a un pequeño grupo que el lector ya
pudiera identificar y también reducir los
episodios a una serie que se lograran
concatenar y entrelazar para ser contados en
el trascurso de un año.
¿Cuál fue el gran desafío en esta novela?
Encontrar una voz semi infantil que pudiera
narrar y que le permitiera a cada lector
hacer contacto con sus recuerdos y su
primera infancia.
¿Cómo le llega esa necesidad de narrar la
niñez?
Luego de terminar la trilogía de Bogotá,
quedé, seguramente, mamado, y entonces
intenté infructuosamente con varias
historias. Finalmente, mi esposa me aconsejó
que escribiera algo sobre la infancia: “de
esas que tú le cuentas a los niños”, me
dijo. Ahí me puse a pensar en ciertos
recuerdos y, como mi madre había muerto
hacía poco tiempo de una manera inesperada,
esa melancolía me rondaba y esa voz con esos
recuerdos me fueron llevando como por una
autopista. Así comenzó a salir todo este
material.
Usted ha escrito poesía muy bella. ¿Qué
tanto de ésta hay en Santa Rita?
La situación es la siguiente. En algún
momento del siglo XX la poesía le tendió una
mano salvadora a la narrativa. Y si uno se
fija en los autores más queridos como Joyce,
Faulkner, Proust, Becket, Rulfo, en todos
hay una cosa resonante y poética. Yo no
estoy hablando de escribir prosas poéticas,
me refiero a construir un universo narrativo
con los elementos de la poesía, con la forma
en que la poesía llega al inconsciente, a
los sentidos.
Lo cierto es que, en mi caso, la poesía me
ha resuelto los problemas narrativos. Y en
Santa Rita ni se diga.
Al leer la novela queda la sensación de
que usted busca, a través de la historia de
Antonio, contar a Colombia. Hable sobre eso.
La verdad es que en Santa Rita hay una
segunda nostalgia tremenda: es que se acaba
la infancia, se acaba la tierra caliente y
se acaba la candidez de un país que hubiera
sido mucho más humano, mucho más justo,
antes de que llegara ese veneno horrible de
las drogas.
¿Qué pasó con la poesía?
La dejé atrás. Ya nunca más escribiré
poesía, nunca más. Sería una falsía, una
impostura, sería insincero. Mis poemas se
fueron volviendo cada vez más narrativos.
Mis últimos poemas se llaman retratos. Son
imágenes de personas que van pasando por la
calle, nadie en particular, y ya trataron de
alargarse y se fueron volviendo narrativos.
Poco a poco fueron saliendo del ámbito
personal, entre otras cosas porque yo me
tenía un gran tedio por mí mismo como ser
humano, cosas del psicoanálisis. Yo no
quería mi voz para nada porque lo que ahora
me parece atractivo es recrear las voces de
otras personas. Yo espero entonces seguir
teniendo la piel del poeta pero los ojos del
novelista.
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